Entrevista a Antón García

Le damos las gracias  a Antón García por la amabilidad con la que aceptó responder a algunas preguntas que los participantes en los  talleres de traducción le hicieron llegar por correo electrónico en diciembre de 2013. La traducción francesa de las respuestas a este cuestionario puede leerse aquí.

¿Qué le ha llevado a usted a dedicarse a la escritura?
La pasión por las palabras, sin duda. Las palabras están por todas partes, al alcance de todos, son un material económico, muy manejable y versátil, pero tamién muy preciso. Las palabras sirven para todo, para hacer reír y para hacer llorar, para amar y enfadar, para decir la verdad y para mentir. Con ellas puedes contar lo que ves y lo que imaginas, y puedes comunicar a los demás tu experiencia y que ellos puedan revivirla. En español se dice que “una imagen vale más que mil palabras”, pero no es del todo cierto: las imágenes “denotan”, en ellas está lo que ves; las palabras “connotan”, permiten al receptor interpretarlas y recrear su propia experiencia. Así nace la literatura y especialmente la poesía.

¿A qué edad ha empezado usted a traducir obras ? ¿Qué le interesa en el hecho de traducir a otros autores ?
Con 18 o 19 años intenté traducir algunos poemas de Juan Larrea desde el francés al español. Larrea es un poeta vanguardista español de la Generación del 27, que tenía la peculiaridad literaria de escribir en francés aunque no fuese su lengua. Durante un tiempo me interesó mucho e hice algunas aproximaciones a su obra, sin continuidad. Pero más en serio empecé a traducir con 22 o 23 años, cuando pasé al asturiano el libro Memória doutro rio, del poeta portugués Eugénio de Andrade.
Me gusta mucho traducir poesía y encuentro dos razones para hacerlo. En primer lugar, la traducción me permite realizar una lectura atenta de determinadas obras que me gustan, desmontarlas verso a verso y volver a armarlas en mi lengua. Es un ejercicio que deja al descubierto el mecanismo creativo de esos autores que me interesan y aprendo de ellos. En segundo lugar, la traducción obliga a una reflexión constante sobre el propio lenguaje en relación con el idioma del autor o autora que traduces, y resulta muy enriquecedor. Traducir es la mejor escuela literaria que conozco.

¿Qué autores españoles le gustan a usted?  ¿Y franceses?
La lista sería larga, porque hay autores que te gustan mucho en un momento de la vida y sobre los que no vuelves, sustituyéndolos por otros que también te interesan cuando los descubres. Garcilaso de la Vega fue el primer poeta que leí con atención. Fray Luis de León, Juan de la Cruz, Antonio Machado… Federico García Lorca y Juan Larrea más tarde. Poeta español, pero que escribe en catalán, es Gabriel Ferrater. Como novelista me interesó mucho Gabriel García Márquez y ahora Almudena Grandes.
De los franceses hay un poeta clásico que me apasiona, François Villon y sus baladas. También leí a Pierre Reverdy y entre los del siglo XX a Jacques Réda. Bernard Manciet, que escribe en occitano, me parece un autor que merecía mayor reconocimiento en toda Europa. Sin embargo mi autor francés preferido no escribió poesía: Albert Camus.

¿Por qué ha decidido usted escribir en lengua asturiana?  ¿Serían diferentes sus poemas si estuviesen escritos en español?
En Asturias ocurría (y tal vez siga pasando) un fenómeno curioso: en muchas casas se hablaba comúnmente en asturiano, pero nunca se escribía. Eran dos planos de la realidad que raramente se tocaban. Con tus padres o con tus abuelos te comunicabas en asturiano, pero ibas a la escuela y aprendías a leer y escribir en español, una lengua en la que desarrollabas la parte pública de tu vida, pasando a ser el idioma de transmisión cultural: literatura, cine, teatro…; pero también era la lengua de tu correspondencia, en la que redactabas hasta la nota de la compra. Por eso, cuando comienzo a escribir poesía a los 15 años lo hago en español sin ninguna duda. Más tarde, hacia los 20, después de un proceso de toma de conciencia y reflexión, decido escribir de manera consciente en asturiano, para que esa lengua de casa, la del ámbito privado, fuese también mi lengua de cultura, la pública.
Es difícil saber si mis poemas serían diferentes de haberlos escrito en español. Creo que sí. Cada lengua mira el mundo de distinta manera y usar una u otra creo que tiene que condicionar el resultado final. En ocasiones hay determinadas palabras de casa que te dan pie para escribir un texto, o sería muy difícil describir paisajes o personas cercanos prescindiendo de los términos con los que los nombras. Por ejemplo, como ya comenté alguna vez, si digo en asturiano “umeru” (aulne en francés) veo los árboles que rodean el río, junto a mi casa. Si digo “aliso”, su correspondiente en castellano, no veo nada. ¿Podría hacer un poema hablando de alisos? Seguro que sí, pero no se parecería en nada al que hablase de “umeros”.

¿Qué prefiere, el trabajo de creación o el contacto con los lectores?
Sin duda, el trabajo de creación. Casi todo lo que pueda decir lo escribo, así que es fácil que ya esté en mis libros. Pero hablar con los lectores aporta siempre perspectivas inéditas, permite ver cómo te leen y cómo se recibe lo que escribes. Es muy interesante y enriquecedor. Y ese contacto forma parte del “oficio” literario.

¿Cuánto tiempo ha necesitado para escribir el poema “Todas las cosas son dos”?
No recuerdo con precisión el momento en el que escribí ese poema, pero no creo que fuese un proceso muy distinto al de otros textos. Suele ser así: llega una idea, unas veces a través de una vivencia que te hace pensar que “ahí” puede haber un poema, y otras veces por medio de alguna lectura; te pones a trabajar sobre esa intuición y el poema va saliendo. En ocasiones no. Para el caso de este poema hubo dos momentos. En un libro sobre refranes y frases hechas asturianas encontré una frase misteriosa: “Todas las cosas son dos”. No se explicaba lo que quería decir, pero me gustó. Mucho tiempo después, leyendo a Gabriel Ferrater, vi que hablaba sobre las dos veces que vivimos un momento, aquel en el que está pasando y el recuerdo que nos queda de él, y conecté esta idea con aquella frase, que pasó a funcionar como título. El germen del poema estaba ahí; buscas alguna vivencia que te pueda servir, redactas una primera aproximación y vas quitando y poniendo cosas hasta que te parece que está bien, que no hay nada más que tocar. Entre la primera redacción y la última es fácil que pase un año y a veces más.

Me pareció entender que su  poema “Café”  está basado en una historia de amor.  ¿Es algo que usted ha vivido realmente ?  ¿Sus poemas se inspiran siempre de cosas que le han pasado?

No siempre se escribe sobre las vivencias personales, pero en mi caso tienen mucha importancia, más que las imaginadas. El poema “Café” está basado en hechos reales, como dicen en el cine. Habla de un instante particular, cuando de pronto te encuentras en un sitio en el que compartiste muchas tardes con la persona amada y te das cuenta de que allí pesa la soledad como nunca. Recuerdas que en primavera estabais los dos juntos, lamentas que sea verano y ella no esté, y que una música, por muy bella que sea (me gusta el jazz), ocupe su lugar, pero entonces dejas que la memoria haga su trabajo y que su recuerdo te acompañe un día más. Mañana ya se verá.

¿Suele usted volver a  leer sus poemas un tiempo después de escribirlos?
Sí, sí. No recuerdo haber escrito nunca un poema de un tirón y no haber tenido que retocar nada. Los que están escritos con una métrica determinada (endecasílabos, por ejemplo) llevan un trabajo constante de perfeccionamiento y ajuste que se alarga mucho en el tiempo. Hay que volver a ellos continuamente y retocar y pulir. A veces se guardan en una carpeta varios meses y un día vuelves a ellos. Si los lees y no te parece que haya nada que cambiar, es que están listos para publicar. Pero lo habitual es que sigas haciendo cambios hasta que decides publicarlo. Una vez impreso es como si dejase de ser tuyo del todo y cuando vuelves a leerlo, en una lectura pública por ejemplo, o corrigiendo pruebas para alguna nueva edición, tienes la extraña sensación de que no eras tú el que contaba las sílabas para armar el texto. Ya no es únicamente un poema tuyo.

Entrevista realizada por Lola Andrea, Audrey Beauzetie, Marion Classe, Inès Fouitah, Pauline Gavet, Manon Guettache, Mélina Guipouy y Julie Nadin

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